sábado, 26 de marzo de 2011

Lydia Cacho: “La desigualdad de género es el combustible para que crezca el comercio del sexo”


13/03/11 La pobreza, la inequidad, las leyes migratorias de doble discurso y la perversión de los clientes hacen aumentar de manera explosiva y global la trata de personas y el trabajo esclavo.

Por Patricia Kolesnicov

Desde su metro –¿ochenta centímetros?– de altura, la nena le sonríe a esa mujer morena que la mira. La nena vende, la mujer compra: elefantitos de madera, elefantitos de plástico, baratijas. Mae Sot, Tailandia. La mujer se agacha, acaricia la mejilla de la nena. La nena se estira, devuelve la caricia. Una voz masculina corta la magia: “Guadapochion”, entiende la mujer. ¿Qué? Es amable la voz, insiste: “Guadapochion”. La mujer, que hace rato viaja por Asia, descifra: “Want adoption?” (¿La quiere adoptar?). No alcanza a preguntar cuánto cuesta la nena: acaso algo más que los elefantitos.

Misma mujer, ahora en Tokio. Una chica colombiana –una colombiana en Tokio– saca de su bolso una libretita con dibujos de Hello Kitty. Anota, entre los dibujitos, a cuántos “clientes” ha atendido desde que la capturó una red de trata. Son once meses de prostitución forzada, son –la libretita es precisa– 1.320 hombres.

La mujer morena se llama Lydia Cacho y lo sencillo sería decir “es periodista” o “es una activista por los Derechos Humanos”. Sería sencillo y, además, sería cierto. Pero insuficiente: Cacho es periodista y activista, todo junto y mezclado. Como tal, hace unos años investigó la mafia de la pederastía en su país, México, y llegó hasta importantes personajes públicos. Metió la nariz en el negocio del sexo y encontró la complicidad de parte de la clase política. Activista: la explotación sexual no le parecía “normal”, no era para ella un dato de la naturaleza. Periodista: dio nombres y datos. Nada de esto fue gratis para ella.

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